miércoles, 14 de marzo de 2012

¡Se lo comen todo!



Las mantas se ayudan de estas protuberancias para arrastrar el placton
a la boca (Jángamo. Mozambique)/CHANO MONTELONGO 

Si alguien alguna vez tiene la oportunidad de ver con detenimiento como se alimenta una manta, seguramente le sorprenderá la delicadeza que emplea para hacerlo, como mueve con maestría y suavidad esas protuberancias (que algunos llaman "cuernos") que tienen a ambos lados de la boca y que les sirven para arrastrar la comida hacia el interior de la misma. Ese elegante refinamiento sutil -es como comer con los dedos pero con pulcritud, sin mancharse apenas- contrasta con la de otros grandes depredadores del mar (ahora se me viene a la mente el recuerdo del frenesí que se produce cuando come un gran tiburón, uno de las situaciones más peligrosas que nos podemos encontrar bajo el mar), no en vano estamos ante el pez con el cerebro más grande del planeta, en proporción con su tamaño.
En mi clasificación personal, tengo a este extraño pez, con forma de platillo volante y que vuela de forma majestuosa como un águila, entre los "animales asombrosos", ya que es uno de los habitantes más misteriosos del océano y del que se desconoce casi todo. Para los buceadores, las mantas son amigas -al contrario de lo que suele pensar la población ajena al mundo del mar que aún creen, equivocadamente, que tienen un aguijón venenoso y mortal como las rayas- con los que compartir increíbles inmersiones en las estaciones de limpieza (el lugar a donde acuden diariamente para ser desparasitadas por pequeños peces), pero para otras muchas personas no suponen más que un fructífero negocio..., algo que no estaría mal si no se tratara de una especie cuya existencia está comprometida..., pero se sabe tampoco de ella que ni siquiera es posible conocer si está en peligro de extinción o no. El último informe (de febrero pasado) de las organizaciones WildAid y Shark Savers así lo asegura.
Mercado de Manado/
CHANO MONTELONGO
Hace apenas un mes, me interné en el angustioso Mercado de Manado (Indonesia) donde vi escenas poco aptas para reproducir. Fui en busca de los famosos puestos de comida rápida donde te cocinan en directo murciélago, serpiente o perro (a la brasa... y bien chamuscaditos). Pero lo peor fue atravesar la lonja de pescado. Los puestos estaban llenos de todo tipo de pescados, desde pequeños peces tropicales como las damiselas y cirujanos, hasta grandes meros y barracudas. Los pasillos estaban sucios, encharcados y hasta embarrados (fue una equivocación ir con las chanclas) y me sorprendió como los vendedores utilizaban la misma agua del suelo para refrescar el pescado y espantar a las moscas y alguna rata que vi caminar sobre el producto. Entre tanto caos y confusión y olores indescriptibles observé, sobre una de las mesas de la zona más oscura y apartada, una serie de piezas de pescados que, a primera vista, no eran reconocibles. Se trataba de los arcos branquiales de grandes mantas. No soy nada escrupuloso ni remilgado -y menos cuando trabajo- pero debo de reconocer que se me revolvieron las tripas.
Detalle de las branquias. Picos (Golfo de México)/
CHANO MONTELONGO
Al parecer, esos filamentos que utilizan estos peces para filtrar y separar el placton del agua -y que tantas veces, los buceadores nos hemos quedado anonadados observándolos detenidamente- tienen milagrosas propiedades curativas, según la medicina tradicional china. En realidad no es verdad y lo demuestra el que durante muchos tiempo su utilización fue abandonada incluso por los chinos, pero, ahora, los comerciantes asiáticos han vuelto a ponerlo de moda bajo la creencia de que curan enfermedades como el cáncer o son recomendables para tratar la varicela. Y el consumo de los arcos branquiales ha vuelto a resurgir en el mercado asiático, tanto que WildAid y Shark Savers han disparado las alarmas asegurando que el crecimiento de la demanada ha sido devastador para la población de mantas. Indonesia, Sri Lanka, el Este de Africa y Perú son las zonas de mayor captura de este animal y la ciudad de Guangzhou (en el sur de China) se ha convertido en el centro neurálgico de este comercio. Allí, los arcos branquiales se venden a 350 euros el kilo. Las branquias se hierven en agua y se consume como una sopa, que dicen que sabe a rayos, pero ya conocemos la voracidad de nuestros vecinos asiáticos ¡que se lo comen todo!
No es la primera vez que esta especie se ve amenzada por su principal depredador: el hombre. En los años 90, la población de mantas fue diezmada en las costas de Filipinas, Argentina, California y Golfo de México, donde las cazaban con arpón porque su carne era muy apreciada por su sabor (además del uso que se sacaba del aceite extraído de su hígado), pero salieron adelante y superaron la crisis. Ahora, una nueva amenaza: la sopa de branquias.
Manta en German Channel (Palau)/
CHANO MONTELONGO
La manta gigante (Manta birostris) es una especie muy sensible a este tipo de mercado, ya que es un animal que se reproduce muy poco. En sus 50 años de vida, las hembras pueden parir sólo una media docena de veces y, de cada vez, pueden nacer dos o tres crías, como mucho. Estos datos no están contrastados del todo por el mundo científico, ya que de las mantas se desconocen casi todo: cuanto dura exactamete su periodo de gestación (que oscila entre 9 y 12 meses), donde y cuando paren (se cree que en zonas a poca profundidad), cuantas especies hay (se han determinado dos -la gigante, que es migratoria, y la alfrendi, que habita siempre en el mismo arrecife- pero se cre que hay una tercera que vive en el Caribe)... Muchas preguntas aún sin respuesta para una especie animal que parece que ya está en peligro de extinción, que no tiene ninguna protección internacional y que cuenta con el handicap de que no existe concienciación por parte de la opinión pública sobre su problema..., por todo esto, las organizaciones ambientales creen que su final es ya irremediable... y que es una lucha que, quizá, ya hayamos perdido.
Yo no lo creo así y, por ello y más que nunca, me quedo con el gusto de compartir mis recuerdos personales... jugando con las mantas de Palau (Micronesia) mientras hacían rizos en el azul para alimentarse y estimularse con nuestras burbujas, con el trío que nos sorprendió en Gunnunapi, en el Mar de Banda (Indonesia) en pleno cortejo nupcial, con las de los arrecifes de Jángamo (Mozambique) habituales de las estaciones de limpieza donde se desparasitaban, o las curiosas y solitarias que se acercaron a nosotros en Picos (Golfo de México) o en la Bahía de Cenderawashi (Papúa occidental)..., estampas de la naturaleza más salvaje en plenitud.

¡Larga vida a los océanos!

Manta en aguas de la isla de Gunnunapi, en el Mar
de Banda (Indonesia)/CHANO MONTELONGO


jueves, 8 de marzo de 2012

Viaje al macabro infierno maya





Dos cráneos mutilados según los rituales mayas, en el Cenote San Antonio (Mérida)/ CHANO MONTELONGO
 
Nunca me he estremecido tanto que cuando irrumpí, por primera vez, en la morada de Chabtán, el Dios maya de los sacrificios humanos. Inerte, pálido y con el halo de la muerte marcado en sus vacías cuencas de los ojos, el cráneo humano se empeñaba en recordarnos que estábamos entrando en Xibalbá, el inframundo maya, como si a los que formábamos aquella expedición se nos hubiera podido olvidar en algún momento . ¡Llevábamos días teniendo pesadillas!
No recuerdo ya cuando fue la primera vez que viajé a esa dimensión retorcida que esconden los cenotes (pozos sagrados mayas) mexicanos. He viajado por todo el mundo, pero es en México donde he encontrado las mayores conexiones espirituales y paranormales que recuerdo. La magia y el misticismo son patentes en cada rincón de esta tierra, en sus gentes, en sus pueblos, en su iconografía, en sus selvas, en su naturaleza y su particular mundo subacuático, siempre en penumbras y misterioso (ya contaré en un post posterior mi encuentro con los aluxes, los duendes mayas de los cenotes,... algo muy difícil de contar para un escéptico por naturaleza como yo).

El arqueólogo Guillermo de Anda
descendiendo en rapel a un cenote.

Acabo de publicar un artículo "Buceando en el inframundo maya" en la revista La Aventura de la Historia -publicación seria, rigurosa, buen papel, magnífica edición..., como las de antes... ¡ay! (suspiro)- en la que hablo de la arqueología subacuática en Yucatán, de su increíble patrimonio histórico y antropológico y del impecable labor de investigadores de prestigio mundial como Guillermo de Anda o Pilar Luna (he intentado incluir aquí el pdf del reportaje, pero este blog no permite colgar este formato, así que si alguien está interesado en leer el artículo que me lo pida a chanomontelongo@gmail.com, será un placer enviárselo). Y, este nuevo trabajo me ha hecho recapacitar sobre lo que realmente hay detrás de los numerosos reportajes que he publicado en estos años sobre los yacimientos yucatecas.
Balmi, Cholul, Kanum, San Antonio y Xkankal, son algunos de los ¡miles! de cenotes (en el estado de Yucatán hay censados 2.300 y en Quintana Roo, más de mil) que aún esconden oscuros secretos por desvelar. Dos mil años antes de que los españoles entráramos como un elefante en una cacharrería en el Nuevo Mundo, los pueblos del Mayab desarrollaron fascinantes mitologías con el objetivo de dar sentido a su mundo. Todo tipo de ritos macabros -como el Chen Ku, que consitía en precipitar a personas vivas a los cenotes como ofrenda a Chaac, el Dios de las lluvia- fueron utilizados como forma de comunicación con los insaciables divinidades del Xibalbá. En realidad, los mayas no pensaban que los sacrificados morían en la caída, sino creían que sólo desaparecían en el inframundo, donde a partir de ese momento formarían parte de esa otra realidad paralela al mundo de los vivos. Los arqueólogos han sacado a flote la verdad de aquello y hoy hasta los buceadores pueden visitar estos yacimientos llenos de esqueletos de hombres, animales y objetos mayas.

Aquí os dejo un vídeo que ya utilicé hace ya unos años para dar alguna conferencia en la Sociedad Geográfica Española, sobre una expedición al Xkankal con mi amigo Pepe Esteban -que, por cierto, tiene un nuevo centro: www.pepedivecenter.com-, y con el que explico esos lazos de los mayas con su despiadado inframundo:




En las varias expediciones que he participado en yacimientos arqueológicos me ha pasado siempre lo mismo: la objetividad (y.., seamos claros, la ansiedad, por estar ante la noticia) no me ha dejado ver más allá de lo que me mostraban mis ojos. Me he dado cuenta que la obsesión por obtener la foto del reportaje, el tomar apuntes mentales para no olvidarme de nada de lo que mis ojos veían, en definitiva, el trabajo periodístico me ha impedido siempre ver más allá de la noticia, sólo cuando he tenido ocasión de sumergirme en estos "santuarios sagrados" con el trabajo finalizado, es cuando me he dado cuenta de que allí, junto a mí, en el silencio de las cuevas inundadas, habían más cosas a mi alrededor..., sensaciones, energías y también más riesgos de los que percibí en el primer contacto..., y muchas veces, cuando oígo a mis compañeros narrar lo que vivieron allí abajo, les tengo envídia porque fueron capaces de percibir más sensaciones que yo, de dejarse poseer por la magia del lugar, aunque, a veces no sólo sean sensaciones agradables.

Buceadora con vasija en Xkankal/
CHANO MONTELONGO
Tras un cráneo mutilado, tras los restos óseos de una víctima de un ritual sagrado que murió sin entender nada, evidentemente hay un drama... y cuando en el mismo espacio hay varios cadáveres, nos encontramos ante una especie de sepulcro al que, probablemente, deberíamos mostrales algo más de respeto. A veces me imagino, que dentro de mil años, en 3.012 (si no nos hemos cargado antes el planeta), los hombres del futuro encuentren uno de nuestros cementerios, abran las tumbas y exhiban nuestros huesos, desnudos, a su sociedad (por eso quiero que me incineren)..., pero la Historia es la Historia.

Hablando con mi amigo el arqueólogo Guillermo de Anda veo que a él también se les plantea los problemas de conciencia: "cuando me encuentro frente a los restos humanos resultado de un probable sacrificio, pienso que el investigador tiene que prevalecer antes que el ser humano... y lo intento, pero me doy cuenta de que eso es imposible. Cada vez que me encuentro ante esta situación trato de disfrazarme del investigador frío y objetivo pero, sin remedio, el ser humano aflora en algún momento y me provoca toda clase de sentimientos. Es cierto que uno se va acostumbrando a eso, pero, siéndote totalmente honesto, siempre he luchado por no acostumbrarme, por no perder nunca la capacidad de asombro. Recuerdo en especial un momento de rompimiento: fue en una ocasión cuando descubrí el cráneo de un niño de aproximadamente 8 años de edad. El cráneo presentaba claras marcas de corte, probablemente, por desollamiento. cuando observé de cerca las cuencas orbitarias pude constatar que el interior de éstas presentaban las típicas marcas espirales de la criba orbitalia, una característica producida por años de mala nutrición, tal vez condiciones anémicas o alguna enfermedad hemorrágica. La impresión que me causó ese cráneo fue muy especial. Una combinación de tristeza, compasión, difícil realmente de describir..., te confieso que ese día me quebré por completo... trato siempre, estimado Chano, de hacer mi trabajo frío, científico, objetivo, como tú bien planteas que debe hacerlo un periodista o científico, pero de una u otra manera aflora siempre el sentimiento humano, y a pesar de que algunas veces esos sentimientos se interponen con la objetividad, no pueden evitarse nunca. De hecho, creo que esa perspectiva humana no debemos perderla nunca".
Recuerdo bien cuando los valientes del grupo de Televisa -el cámara, el iluminador y el redactor- casi se pelearon por ver quien salía primero del agujero del San Antonio y dejaron sola a María, flotando en aquellas aguas, para que se encargara de la evacuación de todos los equipos del grupo, con la única compañía de mi voz, al otro lado de la cuerda, en la luz, y a 18 metros de altura, hablando de temas dispares que distrajeran su atención mientras terminaba el trabajo. Ella todavía se estremece recordándo la inquietud que desprendían aquellas paredes mientras acababa su labor en la soledad de aquél cementerio milenario, donde nadie nunca quiso estar, donde la tristeza, el horror y el drama aún podía palparse en el aire enrarecido del pozo. He visto a mi inseparable compañera de inmersiones afrontar todo tipo de situaciones sin inmutarse, desde mantener el tipo dándole la espalda a un enorme tiburón tigre de cinco metros y preocuparse sólo de aguantar la respiración para que las burbujas no estropearan mi fotografía, hasta como continuó con la exploración de un cenote oyendo como las paredes se caían a nuestro alrededor, pasando por algún que otro salto al agua desde un risco a más de ocho metros de altura, cargada con todo el equipo, y sin saber muy bien que había abajo...., pero el día del Xkankal, dudó. Esto es México, miedo y fascinación a partes iguales.

Moviendo un compresor de 120 kilos en la primera gran expedición que se
realizó al Cenote Pedrín, en el Ejido de Jacinto Pat/ CHANO MONTELONGO


¡Larga vida a los océanos!

lunes, 5 de marzo de 2012

Balada del "tiburón alfombra"


Un "tiburón alfombra" nada en el arrecife de Raja Ampat, en Indonesia. CHANO MONTELONGO 

Al igual que los yogures, las medicinas o los profilácticos, todo tiene caducidad en este mundo, incluso el mismo mundo que pisamos..., pero lo que nos resistimos a aceptar es que, incluso, las especies de la naturaleza tengan fecha de caducidad (y aquí incluyo a la humana). He tenido la oportunidad de ver y fotografiar a varias especies de riesgo de extinción, pero si entre ellas hay alguna que me ha llamado la atención es, sin duda, es el wobbegong ornate (Orectolobus ornatus) o conocido también como "tiburón alfombra", quizá porque cuando termine por desaparecer, poca gente la echará de menos porque es un animal prácticamente desconocido y que no goza de la popularidad de otros seres vivos como el oso panda, el gorila, el lince, la tortuga boba o el tiburón ballena, todos ellos incluídos también en la lista roja de la World Conservation Union (IUCN).
La primera vez que vi uno fue en Raja Ampat, en Indonesia, en 2004, y también vi a otros en la isla de Halmahera, en Molucas, en 2007. Habitualmente se les encuentra durmiendo bajo los corales mesa, confiados en su perfecto camuflaje. A este escualo al que, más bien, parece haberle caído un piano encima (son planos y su lomo está salpicado de miles de manchas azuladas, como pequeños tatuajes), es una criatura misteriosa y bastante poco conocida. En muchos paises del Sudeste Asiático, la industria pesquera casi ha acabado con ellos: su carne es apta para el consumo humano (a la sartén con patatas fritas, lo prefieren por estos lares) y, además, su piel es tan resistente que se usa para confeccionar cuero de muy buena calidad. Pero poca esperanza hay para un bicho del que apenas se sabe nada, por lo que es muy complicado formular una adecuada regulación sobre una especie casi desconocida y que, además, tiene un apelativo (alfombra) que justifica el que sea pisoteado sin contemplación alguna. Es irónico, pero casi no ha habido tiempo para estudiar y profundizar en los aspectos biológicos de este tiburón y ya casi ha desaparecido de la faz de la Tierra...
Una buceadora descubre un wobbegong bajo unos corales
de la isla Halmahera, en Molucas. CHANO MONTELONGO

Encontrarse frente él, sabiendo que es uno de los últimos supervivientes de su especie, te produce una sensación rara..., por un lado, euforia, al tener el privilegio de admirar un ser tan especial y escaso y, por otro, confusión y desconsuelo, al pensar que pocos ya podrán disfrutar de un encuentro así. Hace un par de semanas, en la expedición a Cenderawashi (Papúa occidental) lo busqué con ahínco y avisé a mis compañeros para que estuvieran atentos, pero tuve poca suerte. Sólo en una de las últimas inmersiones, cuando estaba realizando la parada de seguridad para volver a superficie (que curiosamente -o más bién, irónicamente- es el momento en el que más cosas se ven), me pareció ver uno de ellos, deslizándose sigilosamente entre un campo de almejas gigantes (tridacnas). Me tuve que limitar a verlo en la distancia, pero fue suficiente para que hoy pueda convertir este réquiem por el "tiburón alfombra" en un musical blues, en una balada triste pero esperanzadora..., al menos, aún queda uno.


Perfectamente camuflado sobre un coral. CHANO MONTELONGO



¡Larga vida a los océanos!

lunes, 27 de febrero de 2012

De "krakenes" y otros siniestros misterios del mar


Los arrecifes, a veces, muestran aspectos siniestros y enigmáticos/CHANO MONTELONGO.


Lejos de lo que estamos acostumbrados los buceadores, el mar no es sólo un conglomerado de arrecifes tropicales llenos de vida y color, abarrotados de fauna alegre y desinhibida, los océanos también tienen una cara siniestra, más enaltecida por la literatura y el desconocimiento que por la realidad cotidiana. La mar es un pozo desconocido lleno de misterios y secretos por desvelar y, por supuesto, mitos y leyendas que, desde tiempos inmemoriales, han alimentado a las mentes más calenturientas de la humanidad.
En el mes de vida de este blog, En busca del kraken, su título parece que ha provocado un relativo desconcierto entre algunos lectores, con el consiguiente malentendido, que han interpretado que había una relación directa entre el título del blog y la Expedición Manokwari 2012 que, por simple azar, han coincidido en el tiempo. Pero, vayamos por partes... El kraken, tal y como lo presenta la literatura (y sólo la literatura y las creencias populares), es un monstruo marino creado por la mitología escandinava que a lo largo del tiempo ha sido descrito de mil y una formas diferentes..., como un pulpo o calamar gigante que arrastraba enormes barcos al fondo del mar con sus poderosos tentáculos; como una enorme ballena del tamaño de una isla flotante -y con la tenacidad de Moby Dick- y cuyo verdadero peligro para los navegantes no era la criatura en sí misma, sino el remolino de agua que creaba tras sumergirse rápidamente; o, incluso, el narval, una de las criatura más fascinantes del mundo marino que por el hecho de haber nacido con un prominente diente en forma de cuerno afilado (al modo de unicornio) fue víctima de la ignorancia humana y sus temores convirtiéndolo hasta bien entrado el siglo XVIII en un monstruo peligroso aficionado a embestir barcos. A pesar de que el libro del Génesis asegura que "Dios creó a los grandes monstruos marinos" (Job 41.1), en realidad el kraken no es más que un mito al igual que lo son otras famosas bestias oceánicas como el Leviatán -una criatura medio serpiente, medio dragón, con aletas y caparazón, que fue creada en el quinto día de la Creación- , o el Morgawr -un críptido marino de dimensiones exageradas cuya forma recuerda a la de los grandes dinosaurios-, en fin..., que el kraken es todo aquello que no se conoce y que asusta. Y aquí aprovecho para mostraros una ilustración (en la que me dejé unas cuantas horas de sueño) que muestra mi concepto incónico del kraken y a la que he añadido una frase evocadora y estimulante para aquellos que amamos el mar.
Mi concepto icónico del encuentro de un buceador con el kraken/CHANO MONTELONGO.

Por todo esto, en el argot científico, la frase "en busca del kraken" sólo es un concepto o una licencia literaria o, simplemente, una frase hecha para designar la busqueda de lo desconocido e imprevisible. Este blog se titula así por esto precisamente y el hecho de que los primeros post hicieran referencia a nuestra expedición que se fue hasta la remota Papúa occidental para documentar una colonia de tiburones ballena que mantenían un extraño comportamiento y que interactuaban con el hombre es, simplemente, una casualidad. El tiburón ballena no es, ni de lejos, un kraken, es únicamente una extraordinaria criatura marina que, a pesar de ser el pez más grande que habita los mares -puede llegar a medir 18 metros- es una de las especies de las que menos se sabe y de la que se dicen algunas cosas -como que la de la leyenda de Jonás que, al parecer, no fue comido realmente por una ballena, sino por uno de estos enormes tiburones que, a pesar de su enorme boca, no tiene ni un sólo diente con el que asustar a nada ni a nadie-.
A pesar del tamaño de la boca, el tiburón ballena resulta completamente inofensivo/CHANO MONTELONGO.
Dicho todo esto, que cada cual saque sus propias conclusiones. El kraken es o representa lo que cada uno de nosotros quiera o le apetezca..., por ejemplo, para mí, el kraken es mi jefe (en voz baja: y hasta tengo fotos de él pero me parecía muy fuerte colgarla en este blog..., además, seguro que no os iba a gustar... ¡tienes dos cabezas!). A veces, el mito del kraken está más cerca de lo que pensamos y -como decía un amigo hace unos días- "no hace falta irse tan lejos ¡a Papúa! para encontralo".

¡Larga vida a los océanos!


Nota del autor: Para no caer en equívocos, hay que aclarar que en lo referente al último párrafo del post no se trata más que de un recurso literario, de una figura retórica, concretamente de una prosopopeya –darle la cualidad humana a un animal que no la tiene-, para que nadie pueda darse por aludido y la vayamos a liar parda… o lo que es lo mismo, lo que dicen en la películas americanas: “cualquier parecido con situaciones cotidianas o personas reales es mera coincidencia” ;-)    


viernes, 24 de febrero de 2012

El juego entre mamíferos y peces

El Museo Americano de Historia Natural ha hecho público un sorprendente vídeo sobre la interacción de las especies. Es un montaje fotográfico que muestra a un grupo de delfines "nariz de botella" jugando con ballenas yubartas en aguas de Hawai, concretamente en las islas Naui y Kauai.

Las fotos podrían ser malinterpretadas si no van a compañadas de una explicación, ya que el divertido juego al que se someten los delfines podría parecer, incluso, un ataque o un maltrato por parte de las yubartas. Sin embargo, no es más que un divertimento en el que los delfines se colocan en el enorme morro de las ballenas y dejan que éstas les lanzen por los aires para caer al agua unos metros más allás, tras hacer unas piruetas. Éste es un comportamiento nuevo y muy extraño, al que los científicos aún no han podido dar una explicación, entre otras cosas porque la interacción en la naturaleza entre diferentes especies es algo realmente extraordinario, muy raro y poco común, incluso entre mamíferos, como en este caso ocurre entre los delfines y las yubartas.
Sin embargo, algo "parecido" hemos podido comprobar en la Expedición Manokwari en la Bahía de Cenderaweshi (Papúa occidental)..., con la peculiaridad de que, en este caso, fuimos testigos de la interactividad entre peces (tiburones ballena) y mamíferos (hombres), algo que aún es menos habitual. Entre las bagans de los pescadores locales, mientras algunos tiburones ballena comían en superficie de la mano de los papuanos, los más pequeños permanecían a pocos metros de profundidad esperando su turno (pensamos que se debía a un tema de jerarquía entre ellos) y se entretenían nadando lentamente entre los buceadores, con una curiosidad casi humana y que pocas veces he visto entre otros peces (los mamíferos son una excepción).

Ellos mismo eran los que buscaban el contacto físico, a veces nos tocaban suavemente con el morro y otras veces, utilizaban sus grandes aletas para acariciarnos a su paso. Los fotógrafos, más bien sus cámaras, también les llamaban la atención y acercaban sus enormes ojos al objetivo de los mismos con un enorme descaro (cuando me editen el vídeo que estoy preparando os lo mostraré). Hay otros ejemplos que vimos y otros que nos contaron algunos pescadores sobre su interacción con estos animales, pero por prudencia he prometido no revelarlos, primero, porque podrían ser malinterpretados y, segundo, porque si los aficionados supieran como de intenso puede ser el juego con estos animales, aquello corre el riesgo de convertirse un verdadero peregrinar de buceadores, más de los que podría soportar el lugar y, aun la protección ambiental que el gobierno indonesio da a esta zona no está a la altura de las circunstancias....
Pero, lo más extraordinario que pude comprobar en esos días de inmersiones con ellos (y que si puedo contar), fue la "historia de amor" -efímera, pero intensa- entre una pequeña hembra de tiburón ballena y nuestro compañero Gorka. Ocurrió en superficie, ella se aproximó al buceador, sacó su cabeza (y su boca, que casi es la misma cosa) del agua y la aproximó lentamente a la cabeza de Gorka que respondió regalándole un largo beso en todo el morro (tal y como podreis comprobar en las fotos que acompañan este post), al que la tiburona no rehuyó en abusoluto, hecho que demuestra un nuevo caso de interrelación entre especies y que las tiburonas ballena tienen muy mal gusto (Gorka, con esa barba de naúfrago, es, sin duda, el menos agraciados de los componentes de la expedición) o, por lo menos, otro gusto diferente al nuestro ;-)

¡Larga vida a los océanos!

lunes, 20 de febrero de 2012

Invocando a los espíritus del mar




FOTOS: CHANO MONTELONGO
Inertes, levitando en el azul intenso del santuario,  el hombre y la mujer aguardaron pacientes  a los espíritus del mar. Respondiendo a la invocación, ellos emergieron de la oscuridad más profunda…, lentamente, sin prisas, acompasando sus culebreantes movimientos, como lo haría una serpiente…, pero sin arrastrarse, sólo flotando ingrávidos como fantasmas.
Eran cinco. Inmensos. Hermosos. El mayor miró a la mujer a los ojos y luego, imitando su erguida postura, se puso de pie ante ella, mostrando su plenitud en forma de gigantesca sombra y habló: “Sed bienvenidos a nuestro santuario, donde vivimos en paz con todos los seres de la naturaleza. Es un universo húmedo, algo solitario y en penumbra…, lo sabemos, pero está limpio y es nuestro mundo, el único que tenemos. Nos gustaría que siguiera así mucho tiempo”… Y regresaron al abismo con la misma parsimonia con la que llegaron…, hasta que sus elegantes siluetas se difuminaron en la oscuridad profunda.

¡Larga vida a los océanos!

Un día en el poblado de los hombres buenos

FOTOS: CHANO MONTELONGO
Cae el sol sobre la isla de Pulau Roon, en la remota Papúa occidental. Tres lombok (piraguas tradicionales) irrumpen a golpe de remo en la pequeña bahía del poblado. La mujer que encabeza el grupo levanta la cabeza y ve, sorprendida, la espléndida silueta de la goleta Ondina fondeada y, en el viejo muelle de madera, descubre un revuelo inusual. “Hay visita” –piensa- y acelera su ritmo de palada a la vez que dice a su marido que espabile… no quiere perderse la fiesta.

Un niño desnudito, con la barriga hinchada por la desnutrición, observa con la boca abierta al hombre de la melena, el que lleva dos enormes cámaras colgadas del cuello y del hombro (para él es como un extraterrestre). Sus enormes ojos se salen de sus órbitas y, en cuanto oye el “click” del disparo, su boca se desencaja más todavía para entonar una larga y efusiva carcajada… pero de su garganta apenas sale un indescriptible sonido. Junto a él, en el palafito continuo, otro crío (apenas de cuatro años) con los mocos blanquecinos escurriéndose de su nariz juega inocentemente con un hacha medio afilada. Su timidez apenas le deja levantar la mirada para observar a los occidentales –ha visto muy pocos hasta ahora-.

Un poco más allá, en la puerta de una de las casas flotantes, una canosa anciana desdentada nos señala la flamante iglesia del centro del pueblo, de fachada blanca virginal, tejados puntiagudos y azules y dos enormes torres sustentando sendas cruces inmensas. Nos cuenta que hasta que llegó el misionero holandés, aquí la gente era “muy mala”, vivía desperdigada por la selva y no se querían nada. Ahora es distinto, viven en comunidad y todos han cambiado.
Nos interrumpe uno de los indígenas papuanos y nos tira del brazo con insistencia. Nos señala una pequeña casa verde que hay junto a la inmensa antena de telecomunicaciones (un cartel dice que hay internet, pero nuestros móviles no captan señal alguna), cuya presencia choca en medio de un poblado que todavía parece estar en la edad de piedra. Le seguimos al interior y nos encontramos lo inesperado: una especie de vitrina de plástico, compartimentada y con el fondo de arena de la playa. Junto a ella, hay seis enormes bidones de plástico con agua del mar en donde nadan decenas de tortugas de apenas cuatro días. Volvemos a la vitrina, nos la abren, escarbamos un poco en la arena y descubrimos, muchos más huevos.

¡Son ecologistas! -y ¡cristianos! (perdón…, se me ha escapado)-. Nos cuentan que luchan por preservar la especie y que cuidan ellos mismos los huevos que depositan las tortugas en la playa, para impedir que los furtivos se apoderen de ellos. En unos días, estas pequeñas tortugas volverán al mar. Sorprende ver tan lejos de la civilización, en una pequeña isla a cinco horas de navegación de cualquier otro poblado y a casi dos días de una gran ciudad, una comunidad con tanta conciencia ambiental, sobre todo en unas tierras donde la tortuga aún es un suculento manjar y sus caparazones son objeto de deseo que se exhiben vacíos en las paredes de las casas de la gente rica. Afortunadamente, la tortuga hoy es una especie protegida en todo el mundo y ese mensaje debe haber llegado hasta aquí de alguna forma (¿por internet?).


Volvemos en nuestras dinguis a la Ondina y todo el pueblo nos despide en el muelle. Sus figuras escuálidas pero felices se hacen cada vez más pequeñas y uno no puede evitar pensar en los contrastes de esta Humanidad.
Tortuga carey en los arrecifes de Pulau Roon/CHANO MONTELONGO.



¡Larga vida a los océanos!