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lunes, 6 de febrero de 2012

El silencio de la tragedia (Expedición Manokwari 2012)


Me gusta mecerme en el silencio de un naufragio porque, tras él, se esconde siempre un drama. Hoy, en las sucias aguas del puerto de Manokwari volvimos a recrearnos en la tragedia de épocas pasadas. En este caso, el drama se inicio bajo la línea de flotación, muy cerca de la proa. En la primera prospección que hemos realizado en este remoto rincón de Papúa occidental hemos inspeccionado los restos de un barco hundido. Por su amplia bodega, por su casco plano y los soportes de cubiertas de sus cañones ligeros, creemos que puede tratarse de una patrullera que servía para hacer trabajos de transporte de mercancías también. Un boquete de unos dos metros de diámetro en la parte baja del casco, con huellas de un impacto exterior, nos induce a pensar que fue ahí donde el buque recibió el primer torpedo lanzado por la aviación estadounidense al final de la contienda del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial. Un enorme mero del tamaño de un pequeño coche nos mostró otro gran hueco en el casco, algo más arriba, pero, en este caso, los hierros retorcidos indicaban que se había producido de dentro a afuera, probablemente al explotar algo en el interior del barco. Por los daños que muestra el pecio, el hundimiento tuvo que ser muy rápido, casi sin tiempo para que los soldados sorprendidos en el interior pudieran abandonar a tiempo la nave. La tragedia de todas las guerras. Hoy, este naufragio es un monumento a la historia, un cementerio de hierros oxidados donde reina la paz y que da cobijo a numerosos cardúmenes de jureles, peces murciélagos, peces león, etc., que viven confiados y ajenos a lo que pasó allí hace más de 70 años. Es la ley del mar, convertir en vida lo que hombre utilizó para la muerte.

¡Larga vida a los océanos!