Sígueme por email

domingo, 19 de febrero de 2012

Un universo en mi disco duro


Cangrejo orangután/CHANO MONTELONGO
Anoche tuve una pesadilla, (la que se nos repite a los fotógrafos tras un viaje de trabajo), que se me “quemaba” el disco duro en el que traigo las cerca de 7.000 fotos que he hecho durante la expedición en Papúa. Desperté sobresaltado en la cabina del avión de Singapur Airline que nos trae de vuelta a casa (que hace el número 14 de este larguísimo viaje). Miré el reloj y aún nos quedaban 13 horas de vuelo para llegar a Barcelona, así que me apresuré a rescatar el disco duro externo de la mochila donde transporto mi equipo de fotografía para comprobar que todo iba bien…, pero algo me resultó extraño: el disco estaba “caliente” y parecía “vibrar”, como cuando lo tengo conectado al ordenador. “Imposible” –pensé- “debo seguir con la  pesadilla”. Mientras encendía el portátil y desplegaba toda la parafernalia sobre la mesita de mi asiento, sólo pensaba en “mis fotos de los tiburones ballena… que no les haya ocurrido nada”. Efectivamente, no pasaba nada, pero, por primera vez me fije en una de las carpetas, la que denominé “biodiversidad en Cenderawashi” y que hasta ahora había pasado casi inadvertida y me di cuenta de mi gran error. Al igual que todos mis compañeros regreso obsesionado con las experiencias que vivimos con los tiburones ballena (y no es para menos) pero…, realmente, aún no hemos valorado con exactitud lo que allí vimos y experimentamos.

Gamba bailarina/CHANO MONTELONGO
En el universo de la inmensa Bahía de Cenderawashi descubrimos nuestro particular  “país de Brobdingnag” (utilizando el símil de la obra Los Viajes de Gulliver), lleno de seres gigantes que nos hicieron perder las referencias de todo lo que conocíamos hasta ahora, pero no reparamos que aquí también existe un “país de Liliput”, probablemente mucho más relevante, desde el punto de vista de la biodiversidad, que ese extraordinario “santuario” del “tiburón estrella” del que ya hemos hablado. Así que es de justicia hablar del "otro mundo submarino" de este remoto rincón de Papúa occidental. Mientras abro la carpeta, en la mente no hago más que recibir flases de fotografías que he hecho y que ahora que se han liberado del peso del tiburón ballena se me abalanzan y reclaman su parte de protagonismo.

Tres nudibranquios banana/CH. MONTELONGO
Son critters, criaturas extravagantes, rarezas de la naturaleza que han encontrado refugio aquí, en una zona que tiene rasgos o características únicas desde el punto de vista de la biodiversidad. Cangrejos orangutanes, coralinos, peludos…, gambas boxeadoras, bailarinas, comensales…, mantis arponeadoras, dragones mandarines, peces cocodrilo, nudibranquios estrafalarios, como los tres banana, que encontré apareándose en una especie de orgía amorfa y confusa… Cendarawashi es única en esto, ya que la bahía fue geológicamente aislada hasta hace relativamente poco (sólo hablamos de un par de millones de años).

Ojo de pez cocodrilo/CHANO MONTELONGO
En ella se producen pocas corrientes y, por lo tanto, hay menos crecimiento de larvas marinas que en otros mares. Este aislamiento ha bendecido este lugar con un cierto número de coloridas especies endémicas y, además, se da la circunstancia que aquí, en aguas poco profundas, se pueden encontrar muchas especies características de mares u océanos mucho más profundos. Este es el auténtico secreto de esta bahía papuense perdida en la última frontera del mundo conocido, siempre abierta a las grandes y pequeñas sorpresas.


Tiburón martillo/CHANO MONTELONGO
Según me alejo de Indonesia, los amigables tiburones ballena de mi mente ya han dejado paso a las imágenes de las mantas, los grandes cardúmenes de barracudas de dientes de perro, de los abigarrados loros gibosos, de las ostras gigantes, del wobeggon o tiburón alfombra, del rarísimo tiburón andante y del peculiar tiburón martillo juvenil y blanquecino que encontré en estas lejanas aguas. Amo mi disco duro, mi otra memoria.

¡Larga vida a los océanos!    
                

La otra gran sorpresa
Debo confesar que la otra gran sorpresa de este viaje ha sido este experimento del blog que tiene vida gracias a un montón de personas que me rodean y que han ayudado a un dinosaurio como yo a reciclarse y a irrumpir en la era digital. En poco más de dos semanas, En busca del kraken ha recibido más de 3.000 visitas, que son muchas si tenemos en cuenta que aquí no se habla ni de moda, ni gastronomía, ni política, ni de crisis..., sino sólo de bichos y experiencias de viaje. Yo no soy más que una pequeña pieza que funciona gracias a que un montón de gente tira de mí incondicional y desinteresadamente, detrás del blog, en primer lugar, están los responsables de esas miles de visitas –los imprescindibles lectores, entre que, por primera vez, he incorporado a mis hijos Ale y Jorge, que se me hacen mayores-, y luego Silvia y Mariana, que siempre han insistido en que yo debía de manejar esta extraordinaria herramienta de comunicación, y Charo, que fue la que puso la primera piedra de este blog, y mi hermano David, que ha mantenido el blog en funcionamiento mientras yo me encontraba incomunicado al otro lado del mundo, y, por supuesto, María, la responsable de Logística y Producción de la expedición que se ha dedicado en cuerpo y alma a que las comunicaciones entre Papúa y España funcionaran, aunque a veces (casi siempre) parecían que lo hacía a pedales… Con un equipo así, da gusto trabajar. Gracias a todos.