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lunes, 27 de febrero de 2012

De "krakenes" y otros siniestros misterios del mar


Los arrecifes, a veces, muestran aspectos siniestros y enigmáticos/CHANO MONTELONGO.


Lejos de lo que estamos acostumbrados los buceadores, el mar no es sólo un conglomerado de arrecifes tropicales llenos de vida y color, abarrotados de fauna alegre y desinhibida, los océanos también tienen una cara siniestra, más enaltecida por la literatura y el desconocimiento que por la realidad cotidiana. La mar es un pozo desconocido lleno de misterios y secretos por desvelar y, por supuesto, mitos y leyendas que, desde tiempos inmemoriales, han alimentado a las mentes más calenturientas de la humanidad.
En el mes de vida de este blog, En busca del kraken, su título parece que ha provocado un relativo desconcierto entre algunos lectores, con el consiguiente malentendido, que han interpretado que había una relación directa entre el título del blog y la Expedición Manokwari 2012 que, por simple azar, han coincidido en el tiempo. Pero, vayamos por partes... El kraken, tal y como lo presenta la literatura (y sólo la literatura y las creencias populares), es un monstruo marino creado por la mitología escandinava que a lo largo del tiempo ha sido descrito de mil y una formas diferentes..., como un pulpo o calamar gigante que arrastraba enormes barcos al fondo del mar con sus poderosos tentáculos; como una enorme ballena del tamaño de una isla flotante -y con la tenacidad de Moby Dick- y cuyo verdadero peligro para los navegantes no era la criatura en sí misma, sino el remolino de agua que creaba tras sumergirse rápidamente; o, incluso, el narval, una de las criatura más fascinantes del mundo marino que por el hecho de haber nacido con un prominente diente en forma de cuerno afilado (al modo de unicornio) fue víctima de la ignorancia humana y sus temores convirtiéndolo hasta bien entrado el siglo XVIII en un monstruo peligroso aficionado a embestir barcos. A pesar de que el libro del Génesis asegura que "Dios creó a los grandes monstruos marinos" (Job 41.1), en realidad el kraken no es más que un mito al igual que lo son otras famosas bestias oceánicas como el Leviatán -una criatura medio serpiente, medio dragón, con aletas y caparazón, que fue creada en el quinto día de la Creación- , o el Morgawr -un críptido marino de dimensiones exageradas cuya forma recuerda a la de los grandes dinosaurios-, en fin..., que el kraken es todo aquello que no se conoce y que asusta. Y aquí aprovecho para mostraros una ilustración (en la que me dejé unas cuantas horas de sueño) que muestra mi concepto incónico del kraken y a la que he añadido una frase evocadora y estimulante para aquellos que amamos el mar.
Mi concepto icónico del encuentro de un buceador con el kraken/CHANO MONTELONGO.

Por todo esto, en el argot científico, la frase "en busca del kraken" sólo es un concepto o una licencia literaria o, simplemente, una frase hecha para designar la busqueda de lo desconocido e imprevisible. Este blog se titula así por esto precisamente y el hecho de que los primeros post hicieran referencia a nuestra expedición que se fue hasta la remota Papúa occidental para documentar una colonia de tiburones ballena que mantenían un extraño comportamiento y que interactuaban con el hombre es, simplemente, una casualidad. El tiburón ballena no es, ni de lejos, un kraken, es únicamente una extraordinaria criatura marina que, a pesar de ser el pez más grande que habita los mares -puede llegar a medir 18 metros- es una de las especies de las que menos se sabe y de la que se dicen algunas cosas -como que la de la leyenda de Jonás que, al parecer, no fue comido realmente por una ballena, sino por uno de estos enormes tiburones que, a pesar de su enorme boca, no tiene ni un sólo diente con el que asustar a nada ni a nadie-.
A pesar del tamaño de la boca, el tiburón ballena resulta completamente inofensivo/CHANO MONTELONGO.
Dicho todo esto, que cada cual saque sus propias conclusiones. El kraken es o representa lo que cada uno de nosotros quiera o le apetezca..., por ejemplo, para mí, el kraken es mi jefe (en voz baja: y hasta tengo fotos de él pero me parecía muy fuerte colgarla en este blog..., además, seguro que no os iba a gustar... ¡tienes dos cabezas!). A veces, el mito del kraken está más cerca de lo que pensamos y -como decía un amigo hace unos días- "no hace falta irse tan lejos ¡a Papúa! para encontralo".

¡Larga vida a los océanos!


Nota del autor: Para no caer en equívocos, hay que aclarar que en lo referente al último párrafo del post no se trata más que de un recurso literario, de una figura retórica, concretamente de una prosopopeya –darle la cualidad humana a un animal que no la tiene-, para que nadie pueda darse por aludido y la vayamos a liar parda… o lo que es lo mismo, lo que dicen en la películas americanas: “cualquier parecido con situaciones cotidianas o personas reales es mera coincidencia” ;-)    


viernes, 24 de febrero de 2012

El juego entre mamíferos y peces

El Museo Americano de Historia Natural ha hecho público un sorprendente vídeo sobre la interacción de las especies. Es un montaje fotográfico que muestra a un grupo de delfines "nariz de botella" jugando con ballenas yubartas en aguas de Hawai, concretamente en las islas Naui y Kauai.

Las fotos podrían ser malinterpretadas si no van a compañadas de una explicación, ya que el divertido juego al que se someten los delfines podría parecer, incluso, un ataque o un maltrato por parte de las yubartas. Sin embargo, no es más que un divertimento en el que los delfines se colocan en el enorme morro de las ballenas y dejan que éstas les lanzen por los aires para caer al agua unos metros más allás, tras hacer unas piruetas. Éste es un comportamiento nuevo y muy extraño, al que los científicos aún no han podido dar una explicación, entre otras cosas porque la interacción en la naturaleza entre diferentes especies es algo realmente extraordinario, muy raro y poco común, incluso entre mamíferos, como en este caso ocurre entre los delfines y las yubartas.
Sin embargo, algo "parecido" hemos podido comprobar en la Expedición Manokwari en la Bahía de Cenderaweshi (Papúa occidental)..., con la peculiaridad de que, en este caso, fuimos testigos de la interactividad entre peces (tiburones ballena) y mamíferos (hombres), algo que aún es menos habitual. Entre las bagans de los pescadores locales, mientras algunos tiburones ballena comían en superficie de la mano de los papuanos, los más pequeños permanecían a pocos metros de profundidad esperando su turno (pensamos que se debía a un tema de jerarquía entre ellos) y se entretenían nadando lentamente entre los buceadores, con una curiosidad casi humana y que pocas veces he visto entre otros peces (los mamíferos son una excepción).

Ellos mismo eran los que buscaban el contacto físico, a veces nos tocaban suavemente con el morro y otras veces, utilizaban sus grandes aletas para acariciarnos a su paso. Los fotógrafos, más bien sus cámaras, también les llamaban la atención y acercaban sus enormes ojos al objetivo de los mismos con un enorme descaro (cuando me editen el vídeo que estoy preparando os lo mostraré). Hay otros ejemplos que vimos y otros que nos contaron algunos pescadores sobre su interacción con estos animales, pero por prudencia he prometido no revelarlos, primero, porque podrían ser malinterpretados y, segundo, porque si los aficionados supieran como de intenso puede ser el juego con estos animales, aquello corre el riesgo de convertirse un verdadero peregrinar de buceadores, más de los que podría soportar el lugar y, aun la protección ambiental que el gobierno indonesio da a esta zona no está a la altura de las circunstancias....
Pero, lo más extraordinario que pude comprobar en esos días de inmersiones con ellos (y que si puedo contar), fue la "historia de amor" -efímera, pero intensa- entre una pequeña hembra de tiburón ballena y nuestro compañero Gorka. Ocurrió en superficie, ella se aproximó al buceador, sacó su cabeza (y su boca, que casi es la misma cosa) del agua y la aproximó lentamente a la cabeza de Gorka que respondió regalándole un largo beso en todo el morro (tal y como podreis comprobar en las fotos que acompañan este post), al que la tiburona no rehuyó en abusoluto, hecho que demuestra un nuevo caso de interrelación entre especies y que las tiburonas ballena tienen muy mal gusto (Gorka, con esa barba de naúfrago, es, sin duda, el menos agraciados de los componentes de la expedición) o, por lo menos, otro gusto diferente al nuestro ;-)

¡Larga vida a los océanos!

lunes, 20 de febrero de 2012

Invocando a los espíritus del mar




FOTOS: CHANO MONTELONGO
Inertes, levitando en el azul intenso del santuario,  el hombre y la mujer aguardaron pacientes  a los espíritus del mar. Respondiendo a la invocación, ellos emergieron de la oscuridad más profunda…, lentamente, sin prisas, acompasando sus culebreantes movimientos, como lo haría una serpiente…, pero sin arrastrarse, sólo flotando ingrávidos como fantasmas.
Eran cinco. Inmensos. Hermosos. El mayor miró a la mujer a los ojos y luego, imitando su erguida postura, se puso de pie ante ella, mostrando su plenitud en forma de gigantesca sombra y habló: “Sed bienvenidos a nuestro santuario, donde vivimos en paz con todos los seres de la naturaleza. Es un universo húmedo, algo solitario y en penumbra…, lo sabemos, pero está limpio y es nuestro mundo, el único que tenemos. Nos gustaría que siguiera así mucho tiempo”… Y regresaron al abismo con la misma parsimonia con la que llegaron…, hasta que sus elegantes siluetas se difuminaron en la oscuridad profunda.

¡Larga vida a los océanos!

Un día en el poblado de los hombres buenos

FOTOS: CHANO MONTELONGO
Cae el sol sobre la isla de Pulau Roon, en la remota Papúa occidental. Tres lombok (piraguas tradicionales) irrumpen a golpe de remo en la pequeña bahía del poblado. La mujer que encabeza el grupo levanta la cabeza y ve, sorprendida, la espléndida silueta de la goleta Ondina fondeada y, en el viejo muelle de madera, descubre un revuelo inusual. “Hay visita” –piensa- y acelera su ritmo de palada a la vez que dice a su marido que espabile… no quiere perderse la fiesta.

Un niño desnudito, con la barriga hinchada por la desnutrición, observa con la boca abierta al hombre de la melena, el que lleva dos enormes cámaras colgadas del cuello y del hombro (para él es como un extraterrestre). Sus enormes ojos se salen de sus órbitas y, en cuanto oye el “click” del disparo, su boca se desencaja más todavía para entonar una larga y efusiva carcajada… pero de su garganta apenas sale un indescriptible sonido. Junto a él, en el palafito continuo, otro crío (apenas de cuatro años) con los mocos blanquecinos escurriéndose de su nariz juega inocentemente con un hacha medio afilada. Su timidez apenas le deja levantar la mirada para observar a los occidentales –ha visto muy pocos hasta ahora-.

Un poco más allá, en la puerta de una de las casas flotantes, una canosa anciana desdentada nos señala la flamante iglesia del centro del pueblo, de fachada blanca virginal, tejados puntiagudos y azules y dos enormes torres sustentando sendas cruces inmensas. Nos cuenta que hasta que llegó el misionero holandés, aquí la gente era “muy mala”, vivía desperdigada por la selva y no se querían nada. Ahora es distinto, viven en comunidad y todos han cambiado.
Nos interrumpe uno de los indígenas papuanos y nos tira del brazo con insistencia. Nos señala una pequeña casa verde que hay junto a la inmensa antena de telecomunicaciones (un cartel dice que hay internet, pero nuestros móviles no captan señal alguna), cuya presencia choca en medio de un poblado que todavía parece estar en la edad de piedra. Le seguimos al interior y nos encontramos lo inesperado: una especie de vitrina de plástico, compartimentada y con el fondo de arena de la playa. Junto a ella, hay seis enormes bidones de plástico con agua del mar en donde nadan decenas de tortugas de apenas cuatro días. Volvemos a la vitrina, nos la abren, escarbamos un poco en la arena y descubrimos, muchos más huevos.

¡Son ecologistas! -y ¡cristianos! (perdón…, se me ha escapado)-. Nos cuentan que luchan por preservar la especie y que cuidan ellos mismos los huevos que depositan las tortugas en la playa, para impedir que los furtivos se apoderen de ellos. En unos días, estas pequeñas tortugas volverán al mar. Sorprende ver tan lejos de la civilización, en una pequeña isla a cinco horas de navegación de cualquier otro poblado y a casi dos días de una gran ciudad, una comunidad con tanta conciencia ambiental, sobre todo en unas tierras donde la tortuga aún es un suculento manjar y sus caparazones son objeto de deseo que se exhiben vacíos en las paredes de las casas de la gente rica. Afortunadamente, la tortuga hoy es una especie protegida en todo el mundo y ese mensaje debe haber llegado hasta aquí de alguna forma (¿por internet?).


Volvemos en nuestras dinguis a la Ondina y todo el pueblo nos despide en el muelle. Sus figuras escuálidas pero felices se hacen cada vez más pequeñas y uno no puede evitar pensar en los contrastes de esta Humanidad.
Tortuga carey en los arrecifes de Pulau Roon/CHANO MONTELONGO.



¡Larga vida a los océanos!

domingo, 19 de febrero de 2012

Un universo en mi disco duro


Cangrejo orangután/CHANO MONTELONGO
Anoche tuve una pesadilla, (la que se nos repite a los fotógrafos tras un viaje de trabajo), que se me “quemaba” el disco duro en el que traigo las cerca de 7.000 fotos que he hecho durante la expedición en Papúa. Desperté sobresaltado en la cabina del avión de Singapur Airline que nos trae de vuelta a casa (que hace el número 14 de este larguísimo viaje). Miré el reloj y aún nos quedaban 13 horas de vuelo para llegar a Barcelona, así que me apresuré a rescatar el disco duro externo de la mochila donde transporto mi equipo de fotografía para comprobar que todo iba bien…, pero algo me resultó extraño: el disco estaba “caliente” y parecía “vibrar”, como cuando lo tengo conectado al ordenador. “Imposible” –pensé- “debo seguir con la  pesadilla”. Mientras encendía el portátil y desplegaba toda la parafernalia sobre la mesita de mi asiento, sólo pensaba en “mis fotos de los tiburones ballena… que no les haya ocurrido nada”. Efectivamente, no pasaba nada, pero, por primera vez me fije en una de las carpetas, la que denominé “biodiversidad en Cenderawashi” y que hasta ahora había pasado casi inadvertida y me di cuenta de mi gran error. Al igual que todos mis compañeros regreso obsesionado con las experiencias que vivimos con los tiburones ballena (y no es para menos) pero…, realmente, aún no hemos valorado con exactitud lo que allí vimos y experimentamos.

Gamba bailarina/CHANO MONTELONGO
En el universo de la inmensa Bahía de Cenderawashi descubrimos nuestro particular  “país de Brobdingnag” (utilizando el símil de la obra Los Viajes de Gulliver), lleno de seres gigantes que nos hicieron perder las referencias de todo lo que conocíamos hasta ahora, pero no reparamos que aquí también existe un “país de Liliput”, probablemente mucho más relevante, desde el punto de vista de la biodiversidad, que ese extraordinario “santuario” del “tiburón estrella” del que ya hemos hablado. Así que es de justicia hablar del "otro mundo submarino" de este remoto rincón de Papúa occidental. Mientras abro la carpeta, en la mente no hago más que recibir flases de fotografías que he hecho y que ahora que se han liberado del peso del tiburón ballena se me abalanzan y reclaman su parte de protagonismo.

Tres nudibranquios banana/CH. MONTELONGO
Son critters, criaturas extravagantes, rarezas de la naturaleza que han encontrado refugio aquí, en una zona que tiene rasgos o características únicas desde el punto de vista de la biodiversidad. Cangrejos orangutanes, coralinos, peludos…, gambas boxeadoras, bailarinas, comensales…, mantis arponeadoras, dragones mandarines, peces cocodrilo, nudibranquios estrafalarios, como los tres banana, que encontré apareándose en una especie de orgía amorfa y confusa… Cendarawashi es única en esto, ya que la bahía fue geológicamente aislada hasta hace relativamente poco (sólo hablamos de un par de millones de años).

Ojo de pez cocodrilo/CHANO MONTELONGO
En ella se producen pocas corrientes y, por lo tanto, hay menos crecimiento de larvas marinas que en otros mares. Este aislamiento ha bendecido este lugar con un cierto número de coloridas especies endémicas y, además, se da la circunstancia que aquí, en aguas poco profundas, se pueden encontrar muchas especies características de mares u océanos mucho más profundos. Este es el auténtico secreto de esta bahía papuense perdida en la última frontera del mundo conocido, siempre abierta a las grandes y pequeñas sorpresas.


Tiburón martillo/CHANO MONTELONGO
Según me alejo de Indonesia, los amigables tiburones ballena de mi mente ya han dejado paso a las imágenes de las mantas, los grandes cardúmenes de barracudas de dientes de perro, de los abigarrados loros gibosos, de las ostras gigantes, del wobeggon o tiburón alfombra, del rarísimo tiburón andante y del peculiar tiburón martillo juvenil y blanquecino que encontré en estas lejanas aguas. Amo mi disco duro, mi otra memoria.

¡Larga vida a los océanos!    
                

La otra gran sorpresa
Debo confesar que la otra gran sorpresa de este viaje ha sido este experimento del blog que tiene vida gracias a un montón de personas que me rodean y que han ayudado a un dinosaurio como yo a reciclarse y a irrumpir en la era digital. En poco más de dos semanas, En busca del kraken ha recibido más de 3.000 visitas, que son muchas si tenemos en cuenta que aquí no se habla ni de moda, ni gastronomía, ni política, ni de crisis..., sino sólo de bichos y experiencias de viaje. Yo no soy más que una pequeña pieza que funciona gracias a que un montón de gente tira de mí incondicional y desinteresadamente, detrás del blog, en primer lugar, están los responsables de esas miles de visitas –los imprescindibles lectores, entre que, por primera vez, he incorporado a mis hijos Ale y Jorge, que se me hacen mayores-, y luego Silvia y Mariana, que siempre han insistido en que yo debía de manejar esta extraordinaria herramienta de comunicación, y Charo, que fue la que puso la primera piedra de este blog, y mi hermano David, que ha mantenido el blog en funcionamiento mientras yo me encontraba incomunicado al otro lado del mundo, y, por supuesto, María, la responsable de Logística y Producción de la expedición que se ha dedicado en cuerpo y alma a que las comunicaciones entre Papúa y España funcionaran, aunque a veces (casi siempre) parecían que lo hacía a pedales… Con un equipo así, da gusto trabajar. Gracias a todos.               

jueves, 16 de febrero de 2012

El cuento al revés (Expedición Manokwari 2012)


Tras dos días de infructuosa espera, la expedición decidió continuar la exploración de arrecifes desconocidos en otras zonas de Cenderawashi pero, tres días después, confiando en que el influjo de la luna llena había desaparecido, regresamos a Nabire en busca de los tiburones ballena. Y allí, estaban, esperándonos.

Un buceador rodeado de tres tiburones ballena/CHANO MONTELONGO
Cuando, a través del visor de mi cámara, ví a mi amigo y compañero Paco Nadal rodeado de tres descomunales tiburones, me di cuenta que aquí, en la remota Papúa occidental alguien ha cambiado el cuento. Lo normal es todo lo contrario: tres (o más) buceadores rodeando a un solo tiburón ballena, tal y como he podido comprobar en otros lugares del planeta, como Baja California, el caribe mexicano, Mozambique, etc., donde siempre el número de buceadores (o apneistas) es muy superior al de estos gigantes del océano. Pero, aquí no, en Cenderawashi el cuento lo narra alguien ajeno a nuestro mundo, un universo donde el Durango bintang, el “tiburón estrella”, vive en paz, en armonía con una naturaleza donde hasta ahora el hombre forma parte de ella. Aquí no tiene depredadores, sólo “amigos” que los veneran y los alimentan. Y viven confiados, tanto que cuando oyen los motores de nuestras dinguis acercándose a las de los pescadores comienzan a salir de las profundidades. 

Dando de comer a un tiburón ballena/CHANO MONTELONGO
Emergen como espíritus silenciosos en busca de esos pequeños seres negros que hacen ruidos y expulsan esas columnas de burbujas que tantas cosquillas les hacen. Podría parecer una exageración, pero son ellos, los tiburones, los que se nos echan encima, los que buscan el contacto con nosotros, los que muestran más curiosidad por los recién llegados. Todos nos vamos de aquí sabiendo que nunca veremos un espectáculo igual. No hay lugar en el mundo donde se observe al pez más grande que existe de esta manera… y confieso que eso me llena de preocupación porque este “santuario” tiene sus días contados si no se regula a tiempo lo que va a suceder en el futuro, porque, de lo que sí que estoy seguro que cuando se conozca con detalle lo que aquí está ocurriendo una avalancha de personas querrán venir a comprobarlo por sí mismas, pagando lo que haya que pagar, y esto tiene todos los visos de desmadrarse a la primera oportunidad, ya que el gobierno indonesio sólo se limita a cobrar un importante suma de dinero a los visitantes por bucear en estas aguas y no parece que se preocupe por conservar el patrimonio natural que hoy posee. Pero claro, ellos flipan con los occidentales, no entienden porqué venimos tan lejos para nadar con tiburones, porque pagamos tanto dinero por ello, no conciben que estemos de vacaciones y nos metamos un tute entre pecho y espalda sólo para admirar la naturaleza: “¿Y no se enojan?”, preguntaba uno de los pescadores de las bagans cuando uno de nuestros marineros les explicaba que nos levantan a las 6.30 de la madrugada para meternos en el agua. 


Tiburón ballena junto a buceadora/CHANO MONTELONGO
No entienden nada, sólo que nuestras extravagancias les reportan a ellos mucho dinero y no se imaginan que nuestra voracidad puede acabar pronto con su riqueza natural. Espero equivocarme, pero creo que con respecto al Durango bintang sólo tomarán medidas cuando el desastre ecológico sea un hecho evidente y esto me plantea, como periodista y divulgador de estas maravillas, un serio problema de ética profesional y responsabilidad ambiental. Por el bien de estos animales nunca podré contar la verdad de lo que hemos sido testigos en este viaje.

¡Larga vida a los océanos! 

miércoles, 15 de febrero de 2012

Paciencia de cazador (Expedición Manokwari 2012)


El periodista Chano Montelongo en la proa de la Ondina

El mar parece parado, igual que el reloj del comedor, en la cubierta principal. Una y otra vez, oteo el horizonte poniendo cara de póker para que mis compañeros no noten mi impaciencia. No se mueve nada en la Bahía de Cenderawashi, el mar está quieto, no hay viento, el calor es insoportable y la humedad se te mete en los huesos y es difícil estarse quieto… y el tiburón ballena no aparece y se nos acaba el tiempo. Van a tener razón los papuanos y la culpa va a ser de la luna llena. La goleta Ondina está fondeada entre dos bagans de pescadores. Yo no paro de observarlas buscando la señal convenida, un pañuelo andrajoso izado a modo de bandera. Me he subido a nuestro mástil más alto y no paro de vigilar desde proa, pero la campana que avisa que iniciamos la inmersión no repica. Llevamos así unas 35 horas y el equipo empieza a mostrar inquietud, aunque hasta ahora todos han llevado bien la espera, con verdadera “paciencia de cazador”: el grupo de Buceo Canarias –Gorka, Iñigo, Sonia, Edorta- parece que lo llevan mejor, han hecho piña con el lobby murciano –Justo y Paco- y no paran de contarse chistes, unos con acento canario y otros con la característica gracia murciana. 

Miembros de la expedición en la dingui/CHANO MONTELONGO
Joseba, nuestro vasco de Getxo no ha parado de comer (suerte de metabolismo), Pepe Riera le está dando duro a su diario (dice que ya tiene un cayo en el dedo índice)  y nuestra doctora, Yvonne, se ha entretenido haciendo solitarios en la cubierta (y es tan honesta que no se hace trampas ni a sí misma). María, mi compañera, modelo y mano derecha, sólo ha parado de leer para pelearse con la blackberry en busca de una leve señal de red para poder enviar todos mis textos y fotos a España –por no moverse, aquí no se mueve ni Internet- y Jordi, de TVE-Canarias, se ha refugiado en su camarote, protegido por el aire acondicionado, para editar todos los vídeos que ha filmado estos días y el equipo de la productora Imagia, Antonio y Paco Nadal no han parado de grabar recursos para los documentales en que están trabajando (Aventura X 2 y Viaje a las profundidades) y la campana sigue sin repicar…, paciencia de cazador. 


La goleta Ondina/CHANO MONTELONGO




Los tiburones estrella, como aquí los llaman, terminarán por aparecer, a pesar del maldito influjo de la luna...  

martes, 14 de febrero de 2012

Las estrellas y la luna llena (Expedición Manokwari 2012).



Si la luna llena alimenta por igual el alma de los licántropos y de los enamorados, aquí, en este lugar perdido de Cenderawashi, “espanta” a los tiburones ballena. Llevamos horas flotando en el agua, junto a una bagan (una especie de plataforma pesquera) y no pasa nada, ni rastro de los tiburones, por mucho que lanzamos ikan puri (anchoas) al agua, nada acude a la llamada. Uno de los pescadores nos dice que tiene que ver con la luna llena, ya que siempre, dos días después de su salida, los tiburones ballena desaparecen como si se los hubiera tragado el mar. Afortunadamente, esta madrugada, nada más llegar aquí, en nuestra primera inmersión, nos encontramos con dos hembras –de pequeño y mediano tamaño- chupando las redes de anchoas de esta misma bagan. Llevo toda mi vida transmitiendo y comunicando a los lectores todo tipo de experiencias y situaciones y nunca pensé que me costaría tanto explicar lo que he sentido hoy bajo el agua. Voy a intentarlo, pero aviso que, seguramente, me quedaré corto. 

Un tiburón ballena come en superficie/CHANO MONTELONGO
Cuando un animal de seis metros de largo, con una boca de más de un metro te mira a apenas 20 cm de distancia con su enorme ojo del tamaño de una pelota de tenis y, sin inmutarse abre su boca y comienza a tragarse kilos de anchoas y media bahía…, apenas te quedan fuerza para cerrar la mandíbula y evitar que el regulador se te caiga de la boca. 
Relajados, tranquilos, sin inmutarse por la presencia humana, estos hius (tiburones en indonesio) –y aquí llamados gurango bintang, es decir “tiburones estrella”, en referencia a los lunares de su lomo- se pasaron más de una hora nadando a nuestro alrededor…, parsimoniosos, con muchísimo cuidado de no golpearnos con sus enormes y poderosas aletas, que utilizaban prácticamente para acariciarnos con curiosidad maternal. 


Buceadores junto a un tiburón/CHANO MONTELONGO


Estas estrellas del mar que no salen con luna llena y que son venerados por los pescadores papuanos, muestran aquí, en Cenderawashi, un comportamiento anómalo, único en su especie. No hay un paraíso como éste, donde el hombre y el animal convivan y compartan el planeta en perfecta armonía. Hoy esperamos tener más suerte y volver a encontrarnos con estos espíritus marinos.


¡Larga vida a los océanos!

Gorgonia (Bahía de Cenderawashi - Pulau Pulu)/CHANO MONTELONGO






 
Manta (Bahía de Cenderawashi - Pulau Pulu)/CHANO MONTELONGO















domingo, 12 de febrero de 2012

La pacífica "devoradora de hombres" (Expedición Manokwari)


Uno de los más “tenebrosos” mitos submarinos que recorren desde siempre los fondos marinos (y sus alrededores) es el de la ostra gigante "come hombres”. Por fin, ayer mismo la encontramos en estos desconocidos arrecifes de la Bahía de Cenderawashi, en Papúa occidental… Enorme como un pequeño utilitario, con su gigantesca boca abierta, carnosa… -incluso lasciva-… y tierna, bella e inofensiva como un copo de nieve al final del invierno. La leyenda asegura que atrapaba hombres cuando éstos nadaban en su proximidad, cerrando sus poderosas valvas sobre alguna de sus piernas o brazos y provocando a su víctima una muerte agónica, por ahogamiento cuando sus pulmones se rendían… Pero no es más que eso, un mito, uno más, fruto de la imaginación y la ignorancia del ser humano o, quizá, también, se trate uno de esos miles de bulos que el ser humano ha lanzado a sabiendas en torno a una especie de interés comercial para justificar su captura a gran escala. Las tridacnas son ostras gigantes que pueden llegar a pesar 500 kilos y, por supuesto, jamás se ha comido o apresado a nadie, ya que como casi todos los gigantes, es muy lenta a la hora de reaccionar y nunca podría sorprender a un hombre, y mucho menos a un pez. Además, ni siquiera es carnívora. Ayer, María, mi compañera posó junto a ella y, lejos de abrir su enorme boca en plan amenazante, sonrió como si de otra modelo subacuática se tratara, mostrando su belleza en total plenitud. Hoy, puede hacerlo, pero no hace mucho tiempo, esta "devoradora de hombres" fue víctima indefensa del depredador humano. Su sabrosa carne y su apreciada valva (muchas acabaron convertidas en pilas bautismales en iglesias de medio mundo) cegaron a aquellos hombres que nunca han podido comprender la hermosura de tan dócil animal.

¡Larga vida a los océanos!


 
Tridacna (Papúa Occidental)


jueves, 9 de febrero de 2012

Secuestro en Papúa y nueva especie (Expedición Manokwari 2012)


Cuando hemos entrado en el poblado de la isla de Mansinam todo parecía tranquilo. Los niños nos miraban con curiosidad (y alguno hasta con miedo… a la vista de sus lloros) y los hombres con miradas serias y desafiantes…, pero con cierta amabilidad, nada que ver con hace unos días. Una semana atrás, cuando la goleta Ondina esperaba en esta agua la llegada de la Expedición Manokwari, cuatro personas –dos taiwaneses y dos singapurenses- fueron secuestradas del barco, llevadas a la isla por la fuerza y retenidas a punta de arcos y flechas hasta la llegada de los responsables de la goleta para negociar su liberación. Esta vez no hemos querido que ocurriera lo mismo y, antes que nada, nos hemos presentado en el poblado para presentarnos y pagar nuestros permisos para bucear en “sus” arrecifes. Tras el “trámite burocrático” con el cabecilla del pueblo, “Don Policía” –tal y como el mismo se nos ha presentado- estuvimos socializando con esta comunidad cristiana algo extraña… Aquí, de puertas para afuera son cristianos, pero más bien es una “tapadera” para vivir en paz en una sociedad donde el cristianismo y el islamismo compiten frenéticamente para captar adeptos, al puro estilo de las sectas más fanáticas, porque en realidad, estos indígenas en las “trastiendas” de sus humildes casas tienen levantados “inquietantes” altares papuanos donde abundan toda clase de ídolos paganos y figuras que evocan ancestrales dioses melanesios. Ellos mismos nos los enseñaron orgullosos.


Tras solicitar los pertinentes permisos nos sumergimos en “sus” arrecifes. Por la tarde exploramos un pequeño pecio sin mucha trascendencia pero, por la noche, en la inmersión nocturna tuvimos un gran encuentro. El mismo día que partíamos de España, en este mismo blog, os hablé de la pasión que sienten los científicos por la isla de Nueva Guinea y nombre, como ejemplo, las tres últimas especies encontradas aquí en este siglo: la rana arborícola, la araña saltarina y el tiburón andante…, pues hemos conseguido ver a uno de estos extraños escualos. Fue descubierto por dos miembros del equipo, Pepe Riera y Gorka Layuno, a apenas dos metros de profundidad. 

Esta especie (Raja Epaulette Shark, en inglés, y Hemiscylliium freycineti, en latín) fue descubierta en 2006 y tiene como peculiaridad que para desplazarse sobre el fondo marino no nada sino que utiliza sus cuatro cortas aletas pectorales a modote patas, como si caminara sobre el suelo. Es una especie endémica de Papúa. Encontrar este singular tiburón es tan extraño que, tras subir a las zodiacs camino de la goleta, desinfle la euforia de mis compañeros diciéndoles que no era el “andante” sino que se trataba del alitán viperino, una especie también muy rara de ver pero no tan extraordinaria. Si embargo, una vez a bordo y tras examinar mis fotos y el vídeo de Jordi Lafuente comprobamos que (afortunadamente) me había equivocado y que se realmente era un tiburón andante. Ha sido una enorme alegría para todos y un buen augurio para nuestra nueva misión: encontrar al “ballena llorón”. Mañana levamos anclas y nos internaremos en la Bahía de Cenderawashi en su busca.

¡Larga vida a los océanos!

 

Tiburón Andante














lunes, 6 de febrero de 2012

El silencio de la tragedia (Expedición Manokwari 2012)


Me gusta mecerme en el silencio de un naufragio porque, tras él, se esconde siempre un drama. Hoy, en las sucias aguas del puerto de Manokwari volvimos a recrearnos en la tragedia de épocas pasadas. En este caso, el drama se inicio bajo la línea de flotación, muy cerca de la proa. En la primera prospección que hemos realizado en este remoto rincón de Papúa occidental hemos inspeccionado los restos de un barco hundido. Por su amplia bodega, por su casco plano y los soportes de cubiertas de sus cañones ligeros, creemos que puede tratarse de una patrullera que servía para hacer trabajos de transporte de mercancías también. Un boquete de unos dos metros de diámetro en la parte baja del casco, con huellas de un impacto exterior, nos induce a pensar que fue ahí donde el buque recibió el primer torpedo lanzado por la aviación estadounidense al final de la contienda del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial. Un enorme mero del tamaño de un pequeño coche nos mostró otro gran hueco en el casco, algo más arriba, pero, en este caso, los hierros retorcidos indicaban que se había producido de dentro a afuera, probablemente al explotar algo en el interior del barco. Por los daños que muestra el pecio, el hundimiento tuvo que ser muy rápido, casi sin tiempo para que los soldados sorprendidos en el interior pudieran abandonar a tiempo la nave. La tragedia de todas las guerras. Hoy, este naufragio es un monumento a la historia, un cementerio de hierros oxidados donde reina la paz y que da cobijo a numerosos cardúmenes de jureles, peces murciélagos, peces león, etc., que viven confiados y ajenos a lo que pasó allí hace más de 70 años. Es la ley del mar, convertir en vida lo que hombre utilizó para la muerte.

¡Larga vida a los océanos!






domingo, 5 de febrero de 2012

Paz en el escenario de guerra


 Sobre los perfiles adormilados del muelle de Manokwari, los dos mástiles de la Ondina –la goleta que hemos charteado para esta expedición- nos reciben prematuramente. Es el fin de una tortuoso viaje de tres días a este remoto rincón de Papúa occidental –lleno de sobresaltos aeroportuarios- y el comienzo de la aventura- La bahía está ahora en calma, pero sólo hay que conocer un poco la historia para imaginarse, 70 años atrás, este mismo escenario lleno de fuego, humo y caos, cuando la aviación estadounidense cayó con sed de venganza sobre la flota japonesa, dejando cientos de cadáveres y naufragios bajo estas aguas hoy pacíficas. Mañana comenzará la exploración en busca de esos episodios negros que nos dejó un conflicto como el de la Segunda Guerra Mundial. La goleta no navegará muy lejos los próximos días, ya que el martes 7 por la tarde, llega a este puerto olvidado del mundo el resto de nuestro equipaje que hoy “vuela” perdido  o “despistado”por algún aeropuerto asiático.

¡Larga vida a los océanos!

miércoles, 1 de febrero de 2012

El lugar donde palpita el océano (Expedición Manokwari)

Una extraña anguila en Papúa.
Cuando este nuevo post vea la luz, los miembros de la Expedición Manokwari 2012 ya habremos iniciado nuestro largo viaje a la remota Papúa occidental. Para los que no estéis familiarizados con este lugar os diré que no hay científico en el mundo que no sueñe con la isla de Nueva Guinea, donde aún es posible encontrar rarezas nunca vistas, como ranas arborícoras, arañas saltarinas o  tiburones que caminan. Soy un incondicional seguidor de las investigaciones de Gerald Allen –que, junto al arqueólogo mexicano Guillermo de Anda, encabeza mi lista de "científicos respetados", aunque ya habrá tiempo para hablar en este blog de arqueología submarina-, quizá el ictiólogo más importante del mundo, algo que me ha llevado a seguir sus pasos en aguas tan lejanas como Christmas Island o Raja Ampat. Bueno, pues el prestigioso doctor ha calificado la bahía de Cenderawashi -objeto de nuestra expedición- como "las Galápagos de los arrecifes de Indonesia" por su enorme y peculiar biodiversidad. A mí, utilizando licencias más literarias, me gusta llamar a esta zona de Papúa "el lugar donde palpita el océano". En 2007, en una entrevista realizada en Bali, Helen Newman, responsable de la organización Conservación Internacional (CI) para esta zona de Asia, me explicó que esta región se presenta como un verdadero santuario para los científicos, aunque también hay que decir que, de igual modo, ya se teme lo peor, ya que distintas actividades humanas pueden malograr los descubrimientos y aniquilar especies que sólo serán apreciadas en un espacio corto de tiempo si no se pone el remedio adecuado a tiempo. Esto ya lo había comprobado yo mismo en 2004, cuando en una de nuestras expediciones estuvimos estudiando (también en Indonesia) una serie de fondos marinos que habían sido arrasados y destruidos totalmente por desastres naturales, como maremotos, terremotos y erupciones volcánicas. Para nuestra sorpresa, pudimos comprobar que sólo unos años después del desastre, la naturaleza se había vuelto a abrir paso con mucha más fuerza que antes de la catástrofe y todo estaba más que recuperado..., sin embargo, aquella expedición también nos llevó a hacer prospecciones en arrecifes coralinos que habían sufridos daños por acción del ser humano, más concretamente, por pesca con explosivos. 15 años después, aquello seguía desolado, nada había vuelto a crecer allí. Nuestra conclusión fue que la naturaleza es capaz de regenerarse por sí misma si el daño lo causa una fuerza natural, pero si la destrucción la origina el hombre, allí no vuelve a crecer vida jamás. Es la historia de siempre, este planeta está formado por dos clases de seres humanos: los que entienden y los que nunca han entendido nada.
¡Larga vida a los océanos!


PD. Espero que en el próximo post, ya pueda empezar a contaros cosas interesantes de nuestra expedición, dame tres días y cruzad los dedos para que el "milagro de la cobertura telefónica" se me aparezca en algún momento.
Sigue el diario de la Expedición Manokwari en www.sge.org y en facebook @RevistaInmersion





Gorgonias gigantes en el archipiélago de Banda, seis años después de una erupción volcánica.


Una bomba casera sin estallar en un arrecife de Tifore.