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miércoles, 14 de marzo de 2012

¡Se lo comen todo!



Las mantas se ayudan de estas protuberancias para arrastrar el placton
a la boca (Jángamo. Mozambique)/CHANO MONTELONGO 

Si alguien alguna vez tiene la oportunidad de ver con detenimiento como se alimenta una manta, seguramente le sorprenderá la delicadeza que emplea para hacerlo, como mueve con maestría y suavidad esas protuberancias (que algunos llaman "cuernos") que tienen a ambos lados de la boca y que les sirven para arrastrar la comida hacia el interior de la misma. Ese elegante refinamiento sutil -es como comer con los dedos pero con pulcritud, sin mancharse apenas- contrasta con la de otros grandes depredadores del mar (ahora se me viene a la mente el recuerdo del frenesí que se produce cuando come un gran tiburón, uno de las situaciones más peligrosas que nos podemos encontrar bajo el mar), no en vano estamos ante el pez con el cerebro más grande del planeta, en proporción con su tamaño.
En mi clasificación personal, tengo a este extraño pez, con forma de platillo volante y que vuela de forma majestuosa como un águila, entre los "animales asombrosos", ya que es uno de los habitantes más misteriosos del océano y del que se desconoce casi todo. Para los buceadores, las mantas son amigas -al contrario de lo que suele pensar la población ajena al mundo del mar que aún creen, equivocadamente, que tienen un aguijón venenoso y mortal como las rayas- con los que compartir increíbles inmersiones en las estaciones de limpieza (el lugar a donde acuden diariamente para ser desparasitadas por pequeños peces), pero para otras muchas personas no suponen más que un fructífero negocio..., algo que no estaría mal si no se tratara de una especie cuya existencia está comprometida..., pero se sabe tampoco de ella que ni siquiera es posible conocer si está en peligro de extinción o no. El último informe (de febrero pasado) de las organizaciones WildAid y Shark Savers así lo asegura.
Mercado de Manado/
CHANO MONTELONGO
Hace apenas un mes, me interné en el angustioso Mercado de Manado (Indonesia) donde vi escenas poco aptas para reproducir. Fui en busca de los famosos puestos de comida rápida donde te cocinan en directo murciélago, serpiente o perro (a la brasa... y bien chamuscaditos). Pero lo peor fue atravesar la lonja de pescado. Los puestos estaban llenos de todo tipo de pescados, desde pequeños peces tropicales como las damiselas y cirujanos, hasta grandes meros y barracudas. Los pasillos estaban sucios, encharcados y hasta embarrados (fue una equivocación ir con las chanclas) y me sorprendió como los vendedores utilizaban la misma agua del suelo para refrescar el pescado y espantar a las moscas y alguna rata que vi caminar sobre el producto. Entre tanto caos y confusión y olores indescriptibles observé, sobre una de las mesas de la zona más oscura y apartada, una serie de piezas de pescados que, a primera vista, no eran reconocibles. Se trataba de los arcos branquiales de grandes mantas. No soy nada escrupuloso ni remilgado -y menos cuando trabajo- pero debo de reconocer que se me revolvieron las tripas.
Detalle de las branquias. Picos (Golfo de México)/
CHANO MONTELONGO
Al parecer, esos filamentos que utilizan estos peces para filtrar y separar el placton del agua -y que tantas veces, los buceadores nos hemos quedado anonadados observándolos detenidamente- tienen milagrosas propiedades curativas, según la medicina tradicional china. En realidad no es verdad y lo demuestra el que durante muchos tiempo su utilización fue abandonada incluso por los chinos, pero, ahora, los comerciantes asiáticos han vuelto a ponerlo de moda bajo la creencia de que curan enfermedades como el cáncer o son recomendables para tratar la varicela. Y el consumo de los arcos branquiales ha vuelto a resurgir en el mercado asiático, tanto que WildAid y Shark Savers han disparado las alarmas asegurando que el crecimiento de la demanada ha sido devastador para la población de mantas. Indonesia, Sri Lanka, el Este de Africa y Perú son las zonas de mayor captura de este animal y la ciudad de Guangzhou (en el sur de China) se ha convertido en el centro neurálgico de este comercio. Allí, los arcos branquiales se venden a 350 euros el kilo. Las branquias se hierven en agua y se consume como una sopa, que dicen que sabe a rayos, pero ya conocemos la voracidad de nuestros vecinos asiáticos ¡que se lo comen todo!
No es la primera vez que esta especie se ve amenzada por su principal depredador: el hombre. En los años 90, la población de mantas fue diezmada en las costas de Filipinas, Argentina, California y Golfo de México, donde las cazaban con arpón porque su carne era muy apreciada por su sabor (además del uso que se sacaba del aceite extraído de su hígado), pero salieron adelante y superaron la crisis. Ahora, una nueva amenaza: la sopa de branquias.
Manta en German Channel (Palau)/
CHANO MONTELONGO
La manta gigante (Manta birostris) es una especie muy sensible a este tipo de mercado, ya que es un animal que se reproduce muy poco. En sus 50 años de vida, las hembras pueden parir sólo una media docena de veces y, de cada vez, pueden nacer dos o tres crías, como mucho. Estos datos no están contrastados del todo por el mundo científico, ya que de las mantas se desconocen casi todo: cuanto dura exactamete su periodo de gestación (que oscila entre 9 y 12 meses), donde y cuando paren (se cree que en zonas a poca profundidad), cuantas especies hay (se han determinado dos -la gigante, que es migratoria, y la alfrendi, que habita siempre en el mismo arrecife- pero se cre que hay una tercera que vive en el Caribe)... Muchas preguntas aún sin respuesta para una especie animal que parece que ya está en peligro de extinción, que no tiene ninguna protección internacional y que cuenta con el handicap de que no existe concienciación por parte de la opinión pública sobre su problema..., por todo esto, las organizaciones ambientales creen que su final es ya irremediable... y que es una lucha que, quizá, ya hayamos perdido.
Yo no lo creo así y, por ello y más que nunca, me quedo con el gusto de compartir mis recuerdos personales... jugando con las mantas de Palau (Micronesia) mientras hacían rizos en el azul para alimentarse y estimularse con nuestras burbujas, con el trío que nos sorprendió en Gunnunapi, en el Mar de Banda (Indonesia) en pleno cortejo nupcial, con las de los arrecifes de Jángamo (Mozambique) habituales de las estaciones de limpieza donde se desparasitaban, o las curiosas y solitarias que se acercaron a nosotros en Picos (Golfo de México) o en la Bahía de Cenderawashi (Papúa occidental)..., estampas de la naturaleza más salvaje en plenitud.

¡Larga vida a los océanos!

Manta en aguas de la isla de Gunnunapi, en el Mar
de Banda (Indonesia)/CHANO MONTELONGO