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jueves, 8 de marzo de 2012

Viaje al macabro infierno maya





Dos cráneos mutilados según los rituales mayas, en el Cenote San Antonio (Mérida)/ CHANO MONTELONGO
 
Nunca me he estremecido tanto que cuando irrumpí, por primera vez, en la morada de Chabtán, el Dios maya de los sacrificios humanos. Inerte, pálido y con el halo de la muerte marcado en sus vacías cuencas de los ojos, el cráneo humano se empeñaba en recordarnos que estábamos entrando en Xibalbá, el inframundo maya, como si a los que formábamos aquella expedición se nos hubiera podido olvidar en algún momento . ¡Llevábamos días teniendo pesadillas!
No recuerdo ya cuando fue la primera vez que viajé a esa dimensión retorcida que esconden los cenotes (pozos sagrados mayas) mexicanos. He viajado por todo el mundo, pero es en México donde he encontrado las mayores conexiones espirituales y paranormales que recuerdo. La magia y el misticismo son patentes en cada rincón de esta tierra, en sus gentes, en sus pueblos, en su iconografía, en sus selvas, en su naturaleza y su particular mundo subacuático, siempre en penumbras y misterioso (ya contaré en un post posterior mi encuentro con los aluxes, los duendes mayas de los cenotes,... algo muy difícil de contar para un escéptico por naturaleza como yo).

El arqueólogo Guillermo de Anda
descendiendo en rapel a un cenote.

Acabo de publicar un artículo "Buceando en el inframundo maya" en la revista La Aventura de la Historia -publicación seria, rigurosa, buen papel, magnífica edición..., como las de antes... ¡ay! (suspiro)- en la que hablo de la arqueología subacuática en Yucatán, de su increíble patrimonio histórico y antropológico y del impecable labor de investigadores de prestigio mundial como Guillermo de Anda o Pilar Luna (he intentado incluir aquí el pdf del reportaje, pero este blog no permite colgar este formato, así que si alguien está interesado en leer el artículo que me lo pida a chanomontelongo@gmail.com, será un placer enviárselo). Y, este nuevo trabajo me ha hecho recapacitar sobre lo que realmente hay detrás de los numerosos reportajes que he publicado en estos años sobre los yacimientos yucatecas.
Balmi, Cholul, Kanum, San Antonio y Xkankal, son algunos de los ¡miles! de cenotes (en el estado de Yucatán hay censados 2.300 y en Quintana Roo, más de mil) que aún esconden oscuros secretos por desvelar. Dos mil años antes de que los españoles entráramos como un elefante en una cacharrería en el Nuevo Mundo, los pueblos del Mayab desarrollaron fascinantes mitologías con el objetivo de dar sentido a su mundo. Todo tipo de ritos macabros -como el Chen Ku, que consitía en precipitar a personas vivas a los cenotes como ofrenda a Chaac, el Dios de las lluvia- fueron utilizados como forma de comunicación con los insaciables divinidades del Xibalbá. En realidad, los mayas no pensaban que los sacrificados morían en la caída, sino creían que sólo desaparecían en el inframundo, donde a partir de ese momento formarían parte de esa otra realidad paralela al mundo de los vivos. Los arqueólogos han sacado a flote la verdad de aquello y hoy hasta los buceadores pueden visitar estos yacimientos llenos de esqueletos de hombres, animales y objetos mayas.

Aquí os dejo un vídeo que ya utilicé hace ya unos años para dar alguna conferencia en la Sociedad Geográfica Española, sobre una expedición al Xkankal con mi amigo Pepe Esteban -que, por cierto, tiene un nuevo centro: www.pepedivecenter.com-, y con el que explico esos lazos de los mayas con su despiadado inframundo:



video

En las varias expediciones que he participado en yacimientos arqueológicos me ha pasado siempre lo mismo: la objetividad (y.., seamos claros, la ansiedad, por estar ante la noticia) no me ha dejado ver más allá de lo que me mostraban mis ojos. Me he dado cuenta que la obsesión por obtener la foto del reportaje, el tomar apuntes mentales para no olvidarme de nada de lo que mis ojos veían, en definitiva, el trabajo periodístico me ha impedido siempre ver más allá de la noticia, sólo cuando he tenido ocasión de sumergirme en estos "santuarios sagrados" con el trabajo finalizado, es cuando me he dado cuenta de que allí, junto a mí, en el silencio de las cuevas inundadas, habían más cosas a mi alrededor..., sensaciones, energías y también más riesgos de los que percibí en el primer contacto..., y muchas veces, cuando oígo a mis compañeros narrar lo que vivieron allí abajo, les tengo envídia porque fueron capaces de percibir más sensaciones que yo, de dejarse poseer por la magia del lugar, aunque, a veces no sólo sean sensaciones agradables.

Buceadora con vasija en Xkankal/
CHANO MONTELONGO
Tras un cráneo mutilado, tras los restos óseos de una víctima de un ritual sagrado que murió sin entender nada, evidentemente hay un drama... y cuando en el mismo espacio hay varios cadáveres, nos encontramos ante una especie de sepulcro al que, probablemente, deberíamos mostrales algo más de respeto. A veces me imagino, que dentro de mil años, en 3.012 (si no nos hemos cargado antes el planeta), los hombres del futuro encuentren uno de nuestros cementerios, abran las tumbas y exhiban nuestros huesos, desnudos, a su sociedad (por eso quiero que me incineren)..., pero la Historia es la Historia.

Hablando con mi amigo el arqueólogo Guillermo de Anda veo que a él también se les plantea los problemas de conciencia: "cuando me encuentro frente a los restos humanos resultado de un probable sacrificio, pienso que el investigador tiene que prevalecer antes que el ser humano... y lo intento, pero me doy cuenta de que eso es imposible. Cada vez que me encuentro ante esta situación trato de disfrazarme del investigador frío y objetivo pero, sin remedio, el ser humano aflora en algún momento y me provoca toda clase de sentimientos. Es cierto que uno se va acostumbrando a eso, pero, siéndote totalmente honesto, siempre he luchado por no acostumbrarme, por no perder nunca la capacidad de asombro. Recuerdo en especial un momento de rompimiento: fue en una ocasión cuando descubrí el cráneo de un niño de aproximadamente 8 años de edad. El cráneo presentaba claras marcas de corte, probablemente, por desollamiento. cuando observé de cerca las cuencas orbitarias pude constatar que el interior de éstas presentaban las típicas marcas espirales de la criba orbitalia, una característica producida por años de mala nutrición, tal vez condiciones anémicas o alguna enfermedad hemorrágica. La impresión que me causó ese cráneo fue muy especial. Una combinación de tristeza, compasión, difícil realmente de describir..., te confieso que ese día me quebré por completo... trato siempre, estimado Chano, de hacer mi trabajo frío, científico, objetivo, como tú bien planteas que debe hacerlo un periodista o científico, pero de una u otra manera aflora siempre el sentimiento humano, y a pesar de que algunas veces esos sentimientos se interponen con la objetividad, no pueden evitarse nunca. De hecho, creo que esa perspectiva humana no debemos perderla nunca".
Recuerdo bien cuando los valientes del grupo de Televisa -el cámara, el iluminador y el redactor- casi se pelearon por ver quien salía primero del agujero del San Antonio y dejaron sola a María, flotando en aquellas aguas, para que se encargara de la evacuación de todos los equipos del grupo, con la única compañía de mi voz, al otro lado de la cuerda, en la luz, y a 18 metros de altura, hablando de temas dispares que distrajeran su atención mientras terminaba el trabajo. Ella todavía se estremece recordándo la inquietud que desprendían aquellas paredes mientras acababa su labor en la soledad de aquél cementerio milenario, donde nadie nunca quiso estar, donde la tristeza, el horror y el drama aún podía palparse en el aire enrarecido del pozo. He visto a mi inseparable compañera de inmersiones afrontar todo tipo de situaciones sin inmutarse, desde mantener el tipo dándole la espalda a un enorme tiburón tigre de cinco metros y preocuparse sólo de aguantar la respiración para que las burbujas no estropearan mi fotografía, hasta como continuó con la exploración de un cenote oyendo como las paredes se caían a nuestro alrededor, pasando por algún que otro salto al agua desde un risco a más de ocho metros de altura, cargada con todo el equipo, y sin saber muy bien que había abajo...., pero el día del Xkankal, dudó. Esto es México, miedo y fascinación a partes iguales.

Moviendo un compresor de 120 kilos en la primera gran expedición que se
realizó al Cenote Pedrín, en el Ejido de Jacinto Pat/ CHANO MONTELONGO


¡Larga vida a los océanos!

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